
Tengo una especie de relación odio-amor con Maracaibo. Por un lado, odio el dinamismo tan letárgico que tiene; si se está 30 años fuera de esta ciudad y después se regresa, no encontrará muchas diferencias, y bastará semanas, incluso, días para readaptarse al ritmo maracaibero. Su transporte público es pésimo y deficiente, desgarra la ropa hasta al más desprovisto de ella y nunca se puede contar con éste cuando la puntualidad es la regla. Por otro lado, está su gente, su cultura, sus tradiciones, que es el verdadero valor de Maracaibo y es el que le da vida a este hibrido pueblo-ciudad.
Para los que nacen en esta tierra y que en verdad, conocen qué es ser maracucho, saben que es algo no explicable diciendo sólo
“Lago, china, calor y puente", es un
no-se-que insertado en nuestras conciencias desde el mismo momento que abrimos los ojos por primera vez en Maracaibo. Las mismas tradiciones nos llevan a realizar alguna actividad relacionada con la iglesia por la feria de la Chinita, se nos pega el voceo porque el carajito del colegio se le pegó de su papá y no los transfiere más rápido que la lechina, y terminamos coreando
“con los pañales que te di” en las canciones de cumpleaños, y en la que más de uno se inicia en el mundo de las cervezas.