Monday, July 9. 2007
Se nos fue la Vinotinto de la Copa América. Buscando en la red sobre algún texto que hablara sobre la pasión del fútbol que nos deja el evento en Venezuela, lo encontré en el lugar menos pensado: en Panorama. Detesto el mencionado diario por múltiples razones que no voy a mencionar ahora, pero voy a destacar el emotivo texto escrito por el periodista Edgardo Broner y que coloco a continuación:
El seleccionado dejó para siempre la clandestinidad. Todos los estadios se pintaron de vinotinto. La alegría o el dolor por el equipo quedaron incorporados en el venezolano
“Soy fanático del Real Madrid”, era una frase que resultaba normal, que no sorprendía en tierra venezolana.
Fútbol era el de afuera, salvo para la resistencia tachirense y merideña. En los países de la región se hablaba del Boca-River, Nacional-Peñarol, Fla-Flu o Alianza-Universitario y aquí del Inter-Milan o del Deportivo La Coruña contra el Celta.
Eso se traducía en las camisetas que lucían los jóvenes. La franela vinotinto sólo podía ser propiedad de los parientes de los jugadores y hasta cambiaba radicalmente sus colores con frecuencia.
Llegaron los grandes resultados de 2001 y se descubrió el sentimiento natural de más de 150 países: el de la selección nacional como símbolo de identidad.
Los estadios se pintaron de vinotinto por la nueva sensación de cada uno de los espectadores y el combinado dejó para siempre la clandestinidad.
Aunque la comercialización y la moda influyeron, la alegria o el dolor por los colores quedaron incorporadas al venezolano, el mismo que antes repetía que el fútbol de estos lares no servía para nada.
“Soy fanático del Barcelona y de la Vinotinto”, comenzó a oírse como declaración habitual después del hito. Era una manera sorprendente de asomar un pedacito de la identidad perdida.
Resulta insólito declarar que se es hincha de su propia selección, aunque también es un indicio de que los equipos nacionales no han logrado penetrar en la gente, con las excepciones mencionadas.
Respaldo
Cada partido oficial de la Vinotinto fue seguido por todos, con una ilusión agigantada, pocas veces fundamentada, pero que consiguió respuestas con grandes resultados. La enorme frustración por la eliminación mundialista fue desproporcionada, ya que las posibilidades reales eran mínimas.
Se conoció el dolor por el fútbol como para aprobar el segundo examen de hinchas.
Los seis años de identificación lograron que Arango fuera referencia como antes Raúl o Del Piero.
La sucesión de Richard Páez fue tema de interés nacional y los equipos se hicieron más familiares a la gente a través de la Libertadores.
Las camisetas de Caracas, Maracaibo y Táchira comenzaron a verse cada vez más por las calles.
Y llegó la Copa América. Con la expectativa del país entero. La emoción en la medida en que se acercaba explotó con su realización.
En los estadios sonaban canciones propias como para recordar en dónde se estaba. Cuarenta mil voces alentaron al equipo en cada presentación y tenían eco en el resto de los habitantes.
Las banderas y los abrazos fueron por Venezuela, igual que las camisetas, las gorras, las banderas y las caras pintadas.
Desde adentro o a través de las pantallas se sentía fuertemente el colorido tricolor o vinotinto, las banderas tachirenses o de los otros equipos. Los gritos empujaban consistentemente a los suyos y las silbatinas frenaban al rival.
En los flamantes estadios en los que juegan los otros países, se reforzó la cultura del espectáculo, con ovaciones o desaprobaciones según el grado de acierto o la demostración técnica.
Los piques explosivos de Messi, la habilidad de Castillo, los goles de Robinho, Santa Cruz y Cabañas, las atajadas de Ochoa o el toque boliviano eran premiados con aplausos sinceros.
Los jóvenes se pusieron camisetas de otros países, si bien en esas tribunas también predominó el vinotinto. Se corearon los nombres de esas naciones como retribución al espectáculo, pero siempre resonó el “Venezuela, Venezuela”.
Se fortalecieron también las identidades regionales. El orgullo de los lindos escenarios se reforzó con la música local y se extendió a los estados.
“Soy fanático del Táchira”, dirá uno. Otro retrucará “Soy del Caracas”. O de Mineros, Maracaibo, Guaros, Carabobo, Zamora o Anzoátegui. De la Vinotinto somos todos.
La graduación se avecina. Como en la película “Volver al Futuro”, después de la Copa, la cédula futbolística venezolana recobrará su forma.
Y no se puede perder nunca más.
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