
Tengo una especie de relación odio-amor con Maracaibo. Por un lado, odio el dinamismo tan letárgico que tiene; si se está 30 años fuera de esta ciudad y después se regresa, no encontrará muchas diferencias, y bastará semanas, incluso, días para readaptarse al ritmo maracaibero. Su transporte público es pésimo y deficiente, desgarra la ropa hasta al más desprovisto de ella y nunca se puede contar con éste cuando la puntualidad es la regla. Por otro lado, está su gente, su cultura, sus tradiciones, que es el verdadero valor de Maracaibo y es el que le da vida a este hibrido pueblo-ciudad.
Para los que nacen en esta tierra y que en verdad, conocen qué es ser maracucho, saben que es algo no explicable diciendo sólo
“Lago, china, calor y puente", es un
no-se-que insertado en nuestras conciencias desde el mismo momento que abrimos los ojos por primera vez en Maracaibo. Las mismas tradiciones nos llevan a realizar alguna actividad relacionada con la iglesia por la feria de la Chinita, se nos pega el voceo porque el carajito del colegio se le pegó de su papá y no los transfiere más rápido que la lechina, y terminamos coreando
“con los pañales que te di” en las canciones de cumpleaños, y en la que más de uno se inicia en el mundo de las cervezas.
Ser maracucho no es solamente el cliché de un gordito con celular en la cintura, y un típico voceo mal imitado por los caraqueños, es ser sinvergüenza, pícaro, elocuente, pero sobre todo solidario y regionalista, amante de lo suyo, a veces, sólo cuándo lo pierde. Por eso causamos revuelo cuando el lago se nos llena de Lemna SP, cuando se nos va el agua por ineficiencia de
Hidrolago, reclamamos en masa cuando cierran
RCTV, pero al poco tiempo se olvida y se añora como buenos tiempos, algo lejano de la vida actual y que ya no es salvable, aunque esto no sea cierto.
Ser maracucho es hacer nuevos amigos en todas las colas que se hagan, es comentar un hecho que sucede ante los ojos de varias personas, es piropear a la caraja buenota que va pasando en la calle sin pena ajena, es empujar entre todos el carro del viejo que iba pasando y se quedo atravesado a mitad de la vía, esto es ser maracucho, un cúmulo de tradiciones, de valores y uno que otro mal hábito que nos diferencian del resto del país, incluso del estado, y que hace añorar a Maracaibo, no importa cuanto se odie el transporte público y el dinamismo que en éste hay.